Cómo Mira. De oriente a occidente.

¿Cómo mira una persona de ojos a medias y hacia abajo?

No recuerdo cuándo vino, simplemente llegó por las puertas abiertas de un granero abierto al mundo. Un granero que ni siquiera había visto en el mapa. Abandonar la patria fue un destierro, quizá hubiera sido mejor quedarse a reconstruir la isla. Sin embargo, en el barco que lo trajo a Buenos Aires entendió que la familia que dejaba atrás y su pueblo harían un buen trabajo.

Se instaló por medio de un amigo en el barrio de Flores, y con el poco dinero que traía abrió la tintorería “Tokio” (homónima a otras cientos). El comienzo fue difícil, no hablaba una palabra de español, pero sabía sumar y con la ayuda de su amigo comprendió lo básico del negocio. Lo suyo no era atender a los clientes: debía agachar la cabeza, planchar, despojar de arrugas y manchas a los trajes, vestidos y demás prendas que llegaban como por arte de magia.

A veces se sentaba en la puerta del negocio, en horas de la siesta, con sus ojos a medias posados en el piso y veía pasar las hormigas, las patas de los perros, el pasto; la inmensidad de esta tierra inabarcable.

Luego de cinco años, conoció a una japonesa y en pocos meses se casó. A pesar de no entender el fútbol, miraba partidos por televisión asombrado por los colores y el fervor en las tribunas.
Mientras, seguía planchando impecablemente la ropa de los clientes. Cada tanto algún adolescente imbécil se burlaba cuando venía a retirar un pantalón de sarga, pero él nunca hizo eco a las agresiones. Contestaba con la misma cordialidad y con una sonrisa a todos, en especial cuando entraban chicos a la tintorería preguntando a sus madres “¿por qué el señor tiene los ojos así?”.
No tardaron con su esposa en tener hijos, primero llegó Luciano, luego Ámbar, y en tercer lugar Alejandro. Ya no estaban en el Japón y prefirieron ponerles nombres locales. Los chicos aprendieron el idioma con increíble rapidez, y se adaptaron sin problemas. Hiroshi nunca estuvo tan orgulloso.

A veces me pregunto cómo pudo sobrevivir un japonés en Argentina, unos 20 años atrás, y la respuesta es simple: con respeto, con trabajo, y con esa paz que transmite un pueblo humilde.
A veces me pregunto cómo se puede reconstruir un país devastado por guerras, bombas atómicas y terremotos. La respuesta sigue siendo la misma: con respeto, con trabajo, con paz.
Hiroshi a pesar del paso de los años sigue con la mirada para abajo, y tiene varias buenas razones: los hijos de sus hijos, en una patria que ya no es tan ajena.

Cada tanto, confieso, me dan ganas de tener unos ojos a medias.

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