El futuro no existe y por eso es irrepresentable, sólo se lo puede imaginar. Cuando el contexto se llena de guerras, totalitarismos y medios de comunicación influyentes, la imaginación futurista se tiñe de distopía. Acá, algunos flashforwards escritos durante la primera mitad del siglo XX que valen la pena. Literalmente.
El Gran Hermano, ojos omnipresentes que todo lo ven, no salió de un reality, lo ideó Orwell en 1949.
“En un mundo en que todos trabajaran pocas horas, tuvieran bastante que comer, vivieran en casas cómodas e higiénicas, con cuarto de baño, calefacción y refrigeración, y poseyera cada uno un auto o quizás un aeroplano, habría desaparecido la forma más obvia e hiriente de desigualdad. Si la riqueza llegaba a generalizarse, no serviría para distinguir a nadie. Sin duda, era posible imaginarse una sociedad en que la riqueza no, en el sentido de posesiones y lujos personales, fuera equitativamente distribuida mientras que el poder siguiera en manos de una minoría, de una pequeña casta privilegiada. Pero, en la práctica, semejante sociedad no podría conservarse estable, porque si todos disfrutasen por igual del lujo y del ocio, la gran masa de seres humanos, a quienes la pobreza suele imbecilizar, aprenderían muchas cosas y empezarían a pensar por si mismos; y si empezaran a reflexionar, se darían cuenta más pronto o más tarde que la minoría privilegiada no tenía derecho alguno a imponerse a los demás y acabarían barriéndoles. A la larga, una sociedad jerárquica sólo sería posible basándose en la pobreza y en la ignorancia”.
Un Mundo Feliz de Aldoux Huxley (1932)
Aunque todos parecen felices, sanos y pacíficos, los logros vinieron con la supresión de la diversidad, los sentimientos, el arte y lo simbólico: lo veramente humano.
“- La población óptima está sobre un modelo de Iceberg: ocho de nueve partes debajo de la línea de flotación, y una de nueve partes por encima.
- ¿Y ellos son felices debajo de la línea de flotación, en detrimento de este horrible trabajo?
- Ellos no lo encuentran como tal. Al contrario, les gusta. Es ligero, y es de una simplicidad infantil. Sin esfuerzo excesivo ni de espíritu ni muscular. Siete horas y media de un trabajo ligero, nada cansador, y enseguida la ración de soma, deportes, copulación sin restricción, y el Cine Sentido. ¿Qué más podrían ellos pedir?”
(…)
- Pero yo no quiero la comodidad. Yo quiero a Dios, quiero la poesía, quiero el verdadero riesgo, quiero la libertad, quiero la bondad. Quiero el pecado.”
Farenheit 451 de Ray Bradbury (1953)
Fahrenheit 451 equivale a decir Grados Celsius 233, y esa es la temperatura a la que los libros prohibidos son encendidos y arden.
“Era un placer quemar. Era un placer especial ver cosas devoradas, ver cosas ennegrecidas y cambiadas. Empuñando la embocadura de bronce, esgrimiendo la gran pitón que escupía un kerosene venenoso sobre el mundo, sintió que la sangre le golpeaba las sienes, y que las manos, como las de un sorprendente director que ejecuta las sinfonías del fuego y los incendios, revelaban los harapos y las ruinas carbonizadas de la historia. Con el simbólico casco numerado -451- sobre la estólida cabeza, y los ojos encendidos en una sola llamarada anaranjada ante el pensamiento de lo que vendría después, abrió la llave, y la casa dio un salto envuelta en un fuego devorador que incendió el cielo del atardecer, y lo enrojeció, y doró, y ennegreció. Avanzó rodeado por una nube de luciérnagas (…), mientras los libros, que aleteaban como palomas, morían en el porche y el jardín de la casa. Mientras los libros se elevaban en chispeantes torbellinos y se dispersaban en un viento oscurecido por la quemazón. Montag sonrió con la forzada sonrisa de todos los hombres chamuscados y desafiados por las llamas“.








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