Un ataque de pánico dura varios minutos y empieza de repente. Ni siquiera se puede preveer. Y una vez que empieza, tampoco parar. La persona que lo sufre pierde el control y lo único que percibe es miedo. La creencia de que algo terrible va a pasar se vuelve pánico y el pánico se materializa en palpitaciones, sofocos, transpiración, opresión en el tórax y náuseas. Se produce por un exceso de interpretación, una situación cotidiana que deviene catástrofe.
Si se dan tantos ataques de pánico hoy en día es porque hay algo que no podemos procesar, como si nuestros sistemas de nivelación no pudieran acomodar la multiplicidad lumínica que recibimos y todas las fotos nos salieran desenfocadas.
El éter, las hojas de revistas, los refugios de colectivo emanan un constante zumbido de alertas. Puertas invencibles, limpiadores de gérmenes, pastillas para el corazón, cremas contra la vejez, desodorantes que enamoran. Industrias que viven del miedo, de un presente-huida ante un futuro-desastre.








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